Todo eso que nunca te dije
- there3volution
- 24 mar
- 3 Min. de lectura
Esta es la entrada más personal que voy a hacer en el blog. Quizás no le interese a nadie pero necesito soltarla...
El 19 de marzo de 2021, mientras celebraba el Día del Padre, sonó el teléfono.
Era mi madre.
“Papá está muy mal ya. Se va a poner ahora… probablemente diga cosas sin sentido. Tú síguele el rollo. Yo no puedo más con esto. Necesito que vengas.”
Tres días después tenía previsto viajar para su cumpleaños. El 28 de marzo cumplía 63 años. Sabíamos que sería el último.
Se puso al teléfono.
Su voz ya no era la suya. Las palabras salían desordenadas, rotas, como si intentaran encontrarse sin conseguirlo. Yo le seguí la conversación como pude, dándole la razón en todo, mientras tragaba saliva y me bebía las lágrimas. Después de dos años en los que cada noticia empeoraba a la anterior, el final ya no era una posibilidad lejana.
Era presente.
Colgué.
Dejé el plato de comida a medias y empecé a buscar vuelos con el pulso temblando. Vivía en Canarias, a casi 2.000 kilómetros de casa. Era pandemia. Nada fácil.
Conseguí volar a Madrid. De ahí, tren a Andújar. Y de madrugada, carretera hasta Linares.
Todo el viaje con una única idea atravesándome por dentro:
“Ojalá llegue a tiempo.”
A la mañana siguiente bajé a la cocina.
Estaba allí.
Se emocionó al verme. Mi padre no solía llorar. Y mucho menos delante de nadie.
Después de ese instante, empezó a darme órdenes. Una detrás de otra. Inconexas. Contradictorias. Como si su cabeza ya no pudiera ordenar lo que su corazón quería decir. El El cáncer de colon había derivado en una encefalopatía hepática, y el temblor le impedía incluso hacer los gestos más simples.
Pero había algo muy claro en todo aquello:
Quería dejarlo todo preparado.
Quería cuidar de mi madre hasta el último momento que pudiera.
Aguantó cuatro días más.
Cuatro duros días.
Por las mañanas, tras el ayuno nocturno, despertaba algo más lúcido. Podíamos reconocernos. Hablar, aunque fuera a medias. Pero conforme avanzaba el día, se iba apagando poco a poco.
Y al día siguiente, lo mismo.
Como en el día de la marmota.
Confieso que había algo dentro de mí que, al despertarme, deseaba que todo hubiera terminado ya.
Y no, no era egoísmo.
De alguna manera, sentía que él ya no estaba.
Para mí siempre había sido un ejemplo de fortaleza. No solo física, por su presencia imponente, sino emocional y mental. Verlo así, tan frágil. Tan consumido. Tan vulnerable…
Me rompía.
No era ese el recuerdo que yo quería guardar de mi padre.
Había preparado un vídeo para su cumpleaños. Con toda la gente que le quería. Mensajes, recuerdos, risas compartidas.
Nunca pude enseñárselo.
En los momentos en los que recuperaba algo de claridad, sabía perfectamente que su cumpleaños aún no había llegado. Y ni quise ni supe forzar ese instante.
Nunca llegó a verlo.
Nunca pude decirle, de verdad, todo lo que necesitaba decirle...
Que lo quería.
Que lo necesitaba.
Que había sido el mejor referente que podía haber tenido.
Hoy, cinco años después, volveré a ver ese vídeo., con una cerveza Alhambra en la mano.
La suya. La de su Granada . La que solo yo bebía cuando venía a conocer a sus nietos recién nacidos y brindábamos juntos por la vida.
Hoy brindaré yo.

Por él.
Por todo lo que me dio.
Por todo lo que me enseñó.
Por todo eso que nunca te dije.
Por todo eso que perdimos...
Por cierto, papá…
Tienes un nieto más.
Se llama Mateo.
Y aunque no pudiste conocerlo, él sí sabe quién eres.
Le hablo mucho de ti.
De tu forma de estar en el mundo.
De la manera tan tuya de cuidar, a la que intento parecerme un poco.
De esa estrella que brilla en el cielo y que —estoy seguro— nos sigue acompañando.
Y a ellos, tus 4 nietos, les recuerdo cada día, todo eso que nunca te dije.



Comentarios